El Consejero de Interior del Gobierno Vasco amaneció muy tarde con su explicación sobre la muerte de Íñigo Cabacas Liceranzu, joven en coma desde el jueves y muerto el lunes por pelotazos de su Ertzaintza, como ya vieron in situ muchos testigos presenciales en la celebración de la eliminación del Schalke 04.
Y su explicación sonó a milonga, como suena a menudo cuando califica como “respuestas proporcionadas de sus chicos ante provocaciones de energúmenos” lo que a menudo los presentes describen como “razzias bestiales y sin sentido de fuerzas policiales enmascaradas y fuera de control”. Algunos medios, sumisos y plegados, suelen describir la escena -dando cobertura al desmán- con un “se vieron obligados a intervenir”.
Pero hay testigos que vieron y oyeron más. Que vieron a ertzainas embozados fuera de control y a mandos pidiendo tiempo para calmar a sus números. Y esto se repite, no es la primera vez que ocurre tras un partido de fútbol o en otras ocasiones y circunstancias. Más que apaciguadores y restablecedores de la convivencia aparecen como provocadores de alboroto y mala leche
Si el relato del Consejero Sr. Ares suena a milonga y ciencia ficción los medios que emplean sus agentes, ilegalmente anónimos e indocumentados, son corrosivos y transgresores de derechos humanos. Los embozados se muestran a juzgar por sus relatos, contestaciones y actuaciones, aunque grandes y fortachones, de perfíl intelectual y emocional bajo, careciendo de la talla humana requerida.
Y ante el tal para cual no cabe resignación, se requieren nuevos mandos y nuevos perfiles, agentes con rostro humano.
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